Secularizaciones de los 70. No fue el Concilio

Que los años setenta fueron años de gran número de secularizaciones, nadie lo duda. Eran mis años de seminarista. Cada verano, al regresar al convento, nuevas ausencias. Religiosos y religiosas, sacerdotes. Era como una estampida que aún hoy nos sigue removiendo en lo más hondo. El dato es el dato. Y los datos son tercos.

 

Otra cosa es interpretarlos. ¿Por qué pasó todo aquello? Hay una respuesta muy extendida. El Concilio, y una incorrecta aplicación de sus decretos, llevaron a una situación tal que muchos perdieron el norte y optaron por marchar. Es decir, secularizaciones fruto del desmadre y las imprudencias de la época. Creo que hay su parte de razón. Pero yo apuntaría también a otras causas que pienso tuvieron mucho que ver.

 

El Concilio Vaticano II no fue en absoluto un concilio dogmático, sino pastoral. Y las cosas que cambió, sin duda, fueron cosas de puro derecho positivo y que no afectaban a lo fundamental de la fe cristiana. Es decir, nadie cambió los diez mandamientos; el credo siguió siendo el mismo, los sacramentos siete, nadie se cargó el papado y seguimos teniendo obispos. El mandamiento del amor que yo sepa no fue abolido. Y sin embargo, y no niego los abusos, los hábitos se fueron colgando y en muchos casos con ellos se colgó toda una vida.

 

Yo me he hecho una pregunta. ¿Cómo se formó y educó a los religiosos y sacerdotes en los años 50 y 60 para que esa educación se derrumbara casi completamente en el post-concilio? Algo falló de forma estrepitosa. Miedo me da pensar que la fuerza de su vocación se hiciera depender de lo externo como hábito o sotana, lengua litúrgica, formas clásicas de piedad o bien de una obediencia ciega que tampoco tenía mucho sentido. Las grandes secularizaciones hablan de un post-concilio tormentoso –normal, siempre pasa- y también de una educación que no se hacía idea de los enormes cambios culturales y sociales que estábamos a punto de experimentar. Y a muchos les pudo. Nuestra sociedad española, tan serena y controlada de los 60, dio paso en los 70 a un nuevo mundo que nos pilló de sorpresa. La crisis, total. Los valores desmoronados. Había mucho que digerir y no todos los estómagos estaban preparados.

 

Además añado una reflexión. Algunos fuimos educados en pleno post-concilio, y todos aquellos experimentos los vivimos en propia carne. Curiosamente, las secularizaciones de religiosos y sacerdotes formados en aquella época son muy pocas. Luego no tanto fue ese supuesto “desmadre” postconciliar  –y no lo niego- como una educación no siempre acertada como tendremos que aceptar.

 

Hubo que resituarse. Ser curas y religiosos en un mundo secularizado. Descubrir que ya no éramos el ombligo del mundo, que las normas morales, tan defendidas por el poder civil, eran puestas en tela de juicio en muchos casos. Que esa sociedad protectora de la fe se volvía en contra. Y hubo gente que comenzó a reflexionar sobre una vocación que le llegó sin saber bien como, desde ese seminario menor o colegio apostólico a donde fue a estudiar y de donde prácticamente no había salido, hasta encontrarse como profeso perpetuo o sacerdote. Y descubrió que no lo eligió en su momento. Que fue un dejarse llevar. Algún sacerdote experto en derecho canónico me decía que cuántas de esas ordenaciones podrían haber sido nulas por falta de capacidad de discreción del sujeto.

 

Se juntaron muchas cosas. Una formación en una burbuja que desembocó en un mundo hostil. Un post-concilio que nos obligó a repensar mil cosas. Y muchos acabaron dejando todo. No es para extrañarse.

 

Y sin embargo ya ven, tantos educados por esa gente, en esa época, con el Vaticano II casi como fundamento de la vida, que nos costó ser los conejillos de indias de aquella iglesia que buscaba reencontrarse a sí misma, y aquí estamos. Una cosa nos dijeron: que lo fundamental era creer en Cristo resucitado, en su redención y en su vida. Y que lo otro era menos importante. Y eso es lo que hoy nos sostiene.

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3 respuestas a Secularizaciones de los 70. No fue el Concilio

  1. Soqui dijo:

    He leído atentamente tu escrito de hoy y estoy totalmente de acuerdo con lo que dices. El Concilio cambió cosas claro, todos lo hacen, pero como tú dices nunca he pensado que fueran cosas fundamentales que afectaran a la fe, sino más bien a actuaciones digamos rutinarias, cosas del día a día como celebrar la Eucaristía de cara a los fieles y no como si fuera algo que había que ocultar, olvidarnos del latín que recitábamos como papagayos sin saber casi nunca lo que decíamos, olvidarse de las sotanas (empezó la época de los "curas comunistas", como el Padre Llanos, que con sotana nunca hubieran podido realizar la labor de acercamiento a los más necsitados, que empezó por entonces).
    En una palabra, el Concilio significó un chorro de aire fresco en la Iglesia de entonces, que lo mismo entonces como ahora, es muy difícil de asimilar por las personas que no admiten el cambio, la evolución,y en definitiva el volver a hacernos vivir el mensaje de Jesús, que es algo tan simple como: "…TUVE HAMBRE Y ME DÍSTEIS DE COMER, TUVE SED Y ME DÍSTEIS DE BEBER, ESTUVE ENFERMO Y ME CUIDÁSTEIS…"
     
    Como puedes ver ya tengo algunos años y todavía recuerdo las visitas a "las chabolas del Pozo del tío Raimundo" para "hacer caridad", éso sí, con señoras muy bien abrigadas dentro de sus abrigos de visón. Claro que como consecuencia del Concilio hubo secularizaciones, aunque yo más bien creo que muchas de ellas fueron, como tú dices, por una formación autoritaria y siempre con el temor por delante: por aquel entonces en los ejercicios espirituales, sólo se hablaba del Dios juez, nunca del Dios AMOR.
     
    Decididamente siempre me quedaré con el cambio que significó el Concilio, con ese chorro de aire fresco que recibimos los que pensábamos (y seguimos pensando), que lo que nos transmitían pastores como Tarancón, estaba y está, mucho más cerca del mensaje de Jesús, que lo que nos cuentan algunos pastores de hoy .
     
    Perdón por todo lo que me he alargado, y gracias por tu espacio

  2. Joan dijo:

    Yo entré en la casa de formación , el aspirantado se llamaba en mi congregación, el 62. Ciertamente nuestra formación era cerrada. El abandonar la vocación se presentaba casi como condenarse. Esto a los que habíamos entrado en nuestra adolescencia en lo que se suponía que era un período de formación y de discernimiento. Además, había en España en esos momentos mucha "bocación". Los seminarios eran una forma de estudiar gratis…Todo hay que decirlo. Junto a grandes formadores, (tu hablabas de Teófilo en El Escorial el otro día), había otros nefastos que reprimían y deformaban en vez de formar. Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia y algunos agarraron una pulmonía. La solución fácil ha sido cerrar las ventanas.
    Hoy he ido a comer con nuestro médico de cabecera y su enfermero. Nos invita cada año después de Navidad. Me hablaban de la falta de vocaciones. No sé si mi análisis es bueno o no. Pero yo veo dos cosas fundamentales. Por un lado una sociedad que tiene horror al compromiso perpétuo; en la que todo es de usar y tirar y transitorio. Otra, que el jóven sólo puede enamorarse de lo radical. ¿Quienes tienen vocaciones hoy día? Por un lado los fundamentalistas. Los que viven la religión como una guerra. (Sean de la religión que sean). Por otra las congregaciones que representan una vida diferente: los monasterios (los que no se han cerrado, los que viven una contemplación incardinada), y los que viven una acción radical en favor de pobres, emigrantes, misiones… El jóven dice, para dar clases y ser educador cristiano y apostólico en un colegio normal de religiosos, o para ser enfermero en un hospital o clínica de religiosos de hoy, no hace falta renunciar a una familia, hacer unos votos… Sí lo harán por ser educador de marginados, en un barrio obrero o en misones. Lo mismo para la sanidad. El sacerdocio secular tioene algunas vocaciones porque se lo plantean como vocación de servicio.
    Resumiendo, porque reconozco que me he liado un poco. Que cuando el cristianismo se hace vida, cuando los jóvenes ven a sacerdotes y religiosos que lo hacen vida, eso les atrae. Lo demás…ya lo decía el Anacoreta: no lograrás aficionados al futbol leyéndoles el reglamento…Un abrazo

  3. Irene dijo:

    Jorge, descubrí tu blog por casualidad hace un tiempo y es una delicia visitarlo.
    Mi padre es sacerdote secularizado. No sé cuáles fueron los motivos que le llevaron a tomar esa decisión y tampoco se los he preguntado. Creo que aceptar y asumir una decisión así -conociéndolo, sé que es algo sobre lo que reflexionaría durante largo tiempo- implica, en cierto modo, el reconocimiento de una derrota. Supone reconocer que Aquél a Quien has decidido consagrar tu vida como sacerdote, te sigue llenando pero de otra manera, con otra vocación distinta…
    Tampoco sé si fue o no un buen cura, si se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a su comunidad, o si cumplió estrictamente todos los mandamientos y normas de la Iglesia. Ni puedo saberlo, ni quiero, ni debo. Eso es algo que, como en cada uno de nosotros, queda para Dios y para él. Yo sólo puedo percibir reflejos de lo que fue su anterior vida y me siento enormemente orgullosa de él si encuentra a algún antiguo feligrés que lo saluda con cariño y le recuerda alguna pequeña anécdota o alguna buena obra de su vida pastoral. Pero, aunque hubiera sido un desastre como sacerdote, es evidente que yo lo querría y lo defendería igual. ¡Cómo no, siendo mi padre!
    Yo soy joven y quizás poco curtida en los azares parroquiales. Siempre he sido más de culto que de parroquia porque, entre otras cosas, he sentido más rechazo entre los “buenos cristianos” que entre personas de costumbres “relajadas”. Mi madre ha tenido que aguantar desplantes y palabras malsonantes aunque no haya visto a mi padre celebrar misa ni vestido de cura más que en fotos y nada tuviera que ver con su secularización. Mis veranos de infancia en el pueblo de mi padre…
    Ahora, desde hace un par de años, estaba empezando a integrarme en mi parroquia, en un grupo de jóvenes y en algunas otras actividades. Empecé con cierto recelo, dadas las circunstancias, pero me fue ilusionando la idea de poder compartir mi fe más allá de mi familia y de los desconocidos del banco de al lado. Era la posibilidad de compartir un trocito de nuestras vidas… Puedo decir que, por momentos, he tenido una sensación de comunidad, de que algo fuerte nos unía más allá de cualquier diferencia de carácter o de edad. Pero también he vuelto a revivir recuerdos que tenía casi olvidados, gestos de rechazo o de indiferencia y miradas que a veces parecen incluso de espanto… También he de decir que, aun siendo varias y significativas las personas que se comportan así, he encontrado personas encantadoras y enormemente acogedoras, de las que creo percibir un cariño sincero. Pero la situación me está haciendo sufrir enormemente. Veo a quienes me rechazan colaborar en las celebraciones o en la parroquia y tomando el papel de perfectos cristianos y seguramente lo sean, pero sólo con quienes a su juicio son merecedores de su caridad cristiana. Y caridad es amor, aprecio sincero y no limosnita lanzada con cara de asco.
    En estos dos años he procurado no dar demasiada importancia a ese tipo de gestos; las relaciones humanas son así y allá donde vayamos, sea éste u otro ámbito, encontraremos personas que nos acojan con los brazos abiertos y personas que nos rechacen o nos desprecien. Un rato amargo o un par de días tristones y todo queda superado. Pero últimamente me está afectando en la manera de vivir mi fe, no iría a misa por no revivir esas escenas. Hoy he ido y he tenido la cabeza más pendiente de mis ideas que de otra cosa. De tanto darle vueltas, a punto ha estado de escapárseme una lágrima. No era dolor, sino una mezcla de rencor y decepción. ¿Eso es lo que hacemos que quede hoy día de Jesús…? ¿Por qué somos tan incapaces de vivir lo que decimos vivir…?
    En fin… se me han hecho las tantas y me he extendido demasiado ¡lo siento! Creo que necesitaba desahogarme. Ojalá lo que he contado sirva -nos sirva, y a mí en primer lugar- para revisar nuestra forma de relacionarnos y acoger a los demás. Jesús nos envía como mensajeros de una buena noticia pero los reproches, los prejuicios y los juicios cuando lleguen, se los ha reservado en exclusiva para él.
    Un saludo 🙂

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