Dogma y praxis pastoral

Al hilo de un pequeño debate sobre el bautismo de los niños, quería hacer algunas consideraciones sobre la diferencia que existe entre “dogmas” y “praxis pastoral”.

Los “dogmas” son lo inmutable. La praxis pastoral puede variar porque la pastoral hace referencia a lo que se denominaba “cura de almas” y comprende las acciones concretas a través de las cuales los pastores llevan a sus fieles a conocer y vivir el misterio de Cristo en la Iglesia.

Propias de la teología pastoral y la acción pastoral son tareas como la catequesis para el pueblo cristiano, la manera concreta de celebrar y administrar los sacramentos, el ejercicio de la unidad y la caridad.

El hombre siempre es hombre, y a la vez el hombre de hoy tiene sus peculiaridades marcadas por la cultura, la economía, las ideologías… La praxis pastoral puede y debe llevar al encuentro con Cristo en la Iglesia al hombre concreto. Por eso puede variar en épocas o lugares. No se celebra igual la eucaristía en San Pedro que en la clandestinidad. No se puede preparar el bautismo igual en el seno de una comunidad de “cristianos viejos” que en recién descubierta tierra de misión.

Los grandes principios de la praxis pastoral, sus bases y objetivos de la misma, están recogidos perfectamente en el catecismo de la iglesia católica que expone sin lugar a dudas el credo, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración.

El cómo hacerlo aparece en ocasiones en el catecismo y se explicita en el código de derecho canónico, que muchas veces deja a criterio de conferencias episcopales y obispos llegar a mayores concreciones. Los rituales de los sacramentos, los directorios de pastoral catequética, las orientaciones de la santa sede, conferencias episcopales y obispos en sus diócesis son textos a tener muy en cuenta, así como los documentos de los sínodos diocesanos. Lo que parecía conveniente hace un siglo, hoy lo puede ser menos. Y lo que hace un siglo parecía sin importancia, hoy no puede dejar de tomarse en cuenta. Incluso “formas pastorales” de gran valor en algunas zonas, pueden ser inútiles o incluso contraproducentes en otras. Por eso tantas veces han de concretar la praxis pastoral las conferencias episcopales e incluso los obispos concretos, que tienen una gran libertad de acción en este punto.

Hay cosas “inmutables”. Las formas de hacer el que los hombres lleguen a conocerlas, amarlas y vivirlas, pueden ser diversas en épocas y en lugares. Esto es la praxis pastoral.

Un ejemplo puede ser la primera comunión de los niños. Uno debe leerse lo que dice el catecismo sobre la eucaristía, lo que recoge el derecho canónico, y las orientaciones si las hay que vengan de Roma, de la conferencia episcopal y del propio obispo. Sobre cómo preparar a los niños, hay que poner la vista en el directorio general de pastoral catequética y en las demás orientaciones universales y particulares, hasta aterrizar en las concreciones de su propia diócesis, que generalmente incluyen un itinerario claro de formación que puede comprender incluso material propio, como es el caso de Madrid.

El dogma no cambia. Los mandamientos no cambian. La praxis pastoral puede y debe cambiar porque el hombre de hoy y la sociedad de hoy no son los de hace un siglo.

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Una respuesta a Dogma y praxis pastoral

  1. Alvaro dijo:

    Creo que este es un tema que escuece muchísimo a la horda relativista, cuyo dogma es, precisamente, la negación de los dogmas (aunque sólo de los ajenos: ellos no sólo tienen dogmas sino también multitud de prejuicios y de tabúes, y bien que los respetan y tratan de imponerlos).

    Recordemos que la diferencia entre lo que es dogma y lo que no lo es radica, precisamente, en que lo primero es algo absoluto y por tanto inmutable mientras que lo segundo es relativo y por tanto cambiante (lo que no significa que admita “cualquier cambio” sino sólo “algún cambio”, normalmente poco más que su adaptación a la variedad y la evolución cultural y tecnológica de las sociedades).

    Por cierto, creo que habría que ver cuál es el término adecuado para designar a esa parte de la doctrina que no tiene consideración de dogma, ya que la expresión “praxis pastoral” me suena en exceso dirigida a los sacerdotes. Así, los laicos no nos sentimos aludidos por esta “praxis pastoral” como sí nos sentiríamos usando otra expresión más general.

    Imagino que un término adecuado podría ser “magisterio”, en referencia a la doctrina elaborada por la Iglesia para ser enseñada a las gentes de cada época.

    Retomando la cuestión del relativismo, incluso su propio nombre indica que niega la existencia de los absolutos y, por tanto, niega la validez de los dogmas. Esta corriente de pensamiento (si es que una babel carente de criterio puede considerarse “corriente de pensamiento”) postula un universo no sólo cambiante hasta el tuétano (donde hasta las categorías básicas de “bien” y “mal” son cambiantes y “relativas” a cada tiempo, lugar y cultura) sino incluso la multiplicidad de realidades dependiendo de los distintos puntos de vista (cada punto de vista crearía su propia “realidad”; eso implica que el relativismo no se considera “atado” a una realidad común que se vea parcialmente desde distintos puntos de vista coherentes entre sí, sino que admite que puedan ser válidos puntos de vista incompatibles entre sí, ya que cada uno crea su propia realidad válida).

    Y si el ataque del relativismo al dogma es furibundo, no lo es menos su ataque al magisterio, a la parte no dogmática de la doctrina, por cuanto el magisterio reconoce, respeta y asume como propio el dogma, lo cual es poco menos que ofensivo para el relativismo. Así, las corrientes relativistas pretenden desarraigar el magisterio del dogma para hacer “que esté con los tiempos”.

    Es esta una reclamación falaz, ya que el magisterio de la Iglesia ya está, y mucho, “con los tiempos” (de hecho, lo está mucho más que la inmensa mayor parte del progresismo, anclado en el siglo XIX). El auténtico “crimen” del magisterio, a ojos del relativismo, es estar en primer lugar con Cristo, roca firme sin la cual nada tendría sentido. Así, la exigencia de que el magisterio “esté con los tiempos” es falaz porque omite la verdadera reclamación: “…y no con Cristo”: sólo así se explica que el criterio para la perenne acusación al magisterio, “estar trasnochado”, no es nunca su inexistente falta de actualidad sino su irrenunciable arraigo en Cristo.

    En fin, una nueva interesantísima entrada de D. Jorge, que nos permite reflexionar sobre el bombardeo relativista que padecemos y en qué sentido son falaces sus soflamas, siempre presentadas como si fueran argumentos.

    Un saludo.

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