Rafaela y la catequista enamorada

Tres o cuatro catequistas en el pueblo, y bien que a duras penas. Mérito del buen, a pesar de todo, párroco que se hizo con cuatro mozas de buena voluntad y no del todo despistadas en las cosas de la fe, para que le ayudaran a desasnar por lo religioso a una panda de chiquillos (y chiquillas) deseosos de hacer la primera comunión e incluso de seguir un poco más.

Pobres catequistas. Café en tarde tormentosa en casa de Rafaela, que además de tener buena conversación y claridad de ideas, hace las mejores rosquillas de la comarca, que todo hay que decirlo. Y ya se sabe: reunión de vecinas, alguien en boca.

Esa tarde tocó a las catequistas. Porque claro, bien sabía la Joaquina (que ha vuelto a misa alguna vez) que una de ellas tiene novio y que se los ve por la calle no todo lo decentes que cabría esperar de una moza que enseña el catecismo y vaya ejemplo para los niños… Hay otra que tampoco parece trigo limpio, porque estando casada se la ha visto en el bar sin su marido y hablando con hombres. Eso no es ejemplo, como se puede comprender. Y en el vestir… qué cosas en el vestir, sobre todo en verano.

 
Saltó Rafaela: pues eso, en el verano, jóvenes y guapas, pues van un poco ligeras. No vamos a ir nosotras, a nuestros años y llenas de pellejos, a lucir tipo. Por cierto, los mandamientos eran diez ¿verdad? Mujer, repuso María, no me digas que a estas alturas no te acuerdas. No, si yo creo que son diez, exclamó Rafaela, pero como aquí solo se habla de uno me he dicho… ¿será que el nuevo papa haya dispensado algunos?

Porque vamos a ver, María, nosotras en las cosas del sexto mandamiento pecamos poco, básicamente porque no tenemos ni edad, ni tipo ni ganas. Pero el octavo habla de falsos testimonios, calumnias, y cotilleos, nos pasamos el día de chismorreo y el domingo a misa y a comulgar. ¿Hablamos del cuarto? ¿Eso de honrar padre y madre? Porque catequista era la Petra, soltera, sola y sin obligaciones, que tenía a su madre en una residencia y la iba a ver una vez al mes si acaso. Y nadie decía nada. Tampoco nos vamos a olvidar del señor Martín, otro que no salía de la iglesia, y que a base de chanchullos dejó sin su herencia a su hermana Justa. Por no hablar de esos que se comen los santos y luego se pasan el día amenazando, insultando  y liándola por cualquier cosa.

Y mira por donde, cuando nadie quiere colaborar con el cura, aparecen esas cuatro chicas dispuestas a echar una mano y aquí estamos que si visten, que si el novio,  que si dicen qué, que si hablan cuál…

Mal está, si no digo yo que no, pero son jóvenes, tienen su novio y bueno, pues alguna vez no se portarán todo lo bien que debieran. Alborotos de la juventud, del amor y de la debilidad humana. Pero cuando nosotros hablamos mal de los demás, nos quedamos con la herencia que no es nuestra, defraudamos a hacienda, engañamos, mentimos, somos falsos con los otros, nos negamos a ayudar al que está cerca… no lo hacemos por la inconsciencia de la juventud, sino por mala uva.

Sí, diez mandamientos. Esas catequistas quizá falten en el sexto.  Nosotras, posiblemente, en todos los demás. Y anda, anda, no os pongáis melindrosas, que las rosquillas me han salido buenísimas y son de anís.

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3 respuestas a Rafaela y la catequista enamorada

  1. Myrian dijo:

    Mejor explicado imposible. Tenemos siempre tendencia a ver la paja en el ojo ajeno, sin darnos antes una vueltecilla por casa. A lo mejor es que como ya no tenemos esos floridos años que tienen las catequistas en cuestión sentimos añoranza o que se yo, a lo mejor nos da una cierta envidia…simpática la Rafaela…saludos.

  2. Benjamín Gálvez dijo:

    Sano y santo comentario, buen Padre.

  3. Ana azul dijo:

    MUY SABIA ESTA MUJER, SI SEÑOR.
    ANA

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