“Misericordiar”, “misericordina”

Si hay una palabra que define la relación de Dios con su pueblo para mí no cabe duda que es la palabra “misericordia”. He querido acudir al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que define misericordia como “virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos” y también como “atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas”.

Es más, estoy plenamente convencido de que lo que el mundo necesita con la mayor fuerza, tanto hoy como ayer y siempre, es abrirse a la misericordia de Dios. Y si algoi tiene que ofrecer la Iglesia a los hombres es justo misericordia.

Por activa y por pasiva se nos ha puesto como ejemplo de misericordia a Jesús frente a la mujer adúltera, precioso texto, posiblemente lo más manipulado de todo el evangelio. Efectivamente frente a esa turba dispuesta a lapidar a la mujer como mandaba la ley, aparece Jesús que no condena y le dice: “en adelante no peques más”, colofón de la frase, petición de propósito de la enmienda que curiosamente desparece con una inusitada frecuencia.

Jesús lo explica muy bien en la parábola del samaritano: ejercer la misericordia con aquél hombre vapuleado por los asaltantes consistió en vendarle las heridas, curarlas con aceite y vino, llevarle a la posada y pagar su cuidado. Es decir, que misericordia es mucho más que decir “pobrecito” y sentir pena. Es sufrir por él y poner los medios para su curación.

La misericordia con un hijo enfermo es llevarle al hospital, una operación quirúrgica si fuera preciso, pruebas, UCI y lo que haga falta. ¿O vamos a decir compasiva de una madre que por no hacer pasar al hijo por unos inevitable padecimientos lo deja consumirse hasta la muerte? Mala madre.

Hay mucho despistado que entiende lo de la misericordia con el pecador como dejarle vivir en el pecado y aquí no pasa nada. Misericordia con Pepita, que se entiende con Juan fuera de su matrimonio, es decirle Pepita esto no puede ser y hay que cambiar de vida. Misericordia con Juana, madama de una casa de eso, no es decir que Dios es bueno y no pasa nada, sino que si queremos ser de Dios hay que cambiar de negocio. Misericordia con Paco, que lleva viviendo años del hachís, es enseñarle que no se puede ser cristiano y narcotraficante. Como Paz no puede ser católica y llevarse los cuartos del ayuntamiento donde es concejala de urbanismo. Ni Adela enfermera de la clínica abortista.

Misericordia no es decir a Pepita, Juan, Paco, Paz y Adela que no pasa nada, que tranquilos y que Dios es bueno. Porque eso significa que los estamos animando a vivir en pecado y cada día más. Eso es como dar dulces a un diabético porque nos da pena que no pruebe la tarta. Misericordia es plantarse delante de Pepita, Juan y quien sea y decirle que sí, que Dios es bueno y que perdona, pero que es necesario cambiar de vida y abandonar el pecado.

Me hace gracia encontrarme con gente que dice que hay que tener misericordia y a la vez entiende por misericordia disculpar el pecado, aceptar que todo vale y enseñar en la práctica que no hay más principio que lo que usted vea. Esto, insisto, es como decir al hijo afectado por una grave gangrena que ese médico que le habla de amputar es un bruto y un inmisericorde que le quiere dejar cojo. No. Ese médico es alguien que te quiere salvar la vida.

Un confesor misericordioso es aquel que escucha, efectivamente no condena, pero anima a la conversión y a la vuelta a Jesucristo aunque sea tantas veces a costa de lágrimas y un desgarro del alma. Misericordia es ayudar a abandonar el pecado y volver a la gracia. Lo otro es afianzar en el error. A ver si nos va a pasar que con el cuento de una misericordia mal entendida estamos hundiendo a la gente en el pecado cada vez más.

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